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Las remotas y aisladas costas de San Kilda

En nuestra entrada de hoy conoceremos una de las zonas más remotas y aisladas del Reino Unido. Un archipiélago volcánico ubicado en el Atlántico Norte, conformando las islas más occidentales de las Hébridas Exteriores de Escocia, célebres por sus imponentes costas y sus hermosos paisajes amparados tras algunos de los acantilados más altos del viejo continente. El archipiélago de San Kilda está formado por las islas de Hirta, Dun, Soay y Boreray, integrando el hogar de inmensas colonias de aves marinas amenazadas, como los fulmares boreales, los frailecillos o los alcatraces. Unas islas que han sido habitadas por el hombre desde hace más de dos mil años, como atestiguan los diversos vestigios arqueológicos hallados en la zona, pero que en la actualidad permanecen desiertas, desde el 29 de agosto de 1930, momento en el que sus últimos treinta y seis pobladores fueron evacuados hacia Escocia. A día de hoy cuenta con una base militar en la isla principal de Hirta, dónde se alojan los científicos que se dedican al estudio de la fauna local.

El espectacular paisaje que da la bienvenida a las islas de San Kilda se originó sobre las rocas ígneas de un antiguo volcán, profundamente erosionadas por las posteriores glaciaciones que moldearon estos gigantestos acantilados compuestos de dolerita, granito, basalto o gabro, así como sus famosas "estacas". Un nombre por el que se conocen a los inmensos pilares verticales de roca que despuntan sobre estas costas bañadas por las aguas del Atlántico, alzándose a casi doscientos metros de altura, siendo las estacas de An Armen y Lee las de mayor tamaño. La biodiversidad de las islas está caracterizada por el profundo aislamiento, con una flora que debe lidiar con la salitre que arrastran los fuertes vientos y la acidez del suelo, por lo que no existen árboles en ninguna de las islas, aunque sí podemos encontrar unas ciento treinta especies distintas de plantas que florecen engalando estos rústicos parajes, así como 162 especies diferentes de hongos y 194 variadades de líquenes. Además, las aguas que orillan las islas albergan una gran diversidad de invertebrados marinos poco comunes, aunque sin lugar a dudas, uno de los mayores tesoros que albergan las costas de San Kilda son las valiosas vidas de las miles de aves que anidan entre sus acantilados.

Las costas del archipiélago conforman el hogar de una de las mayores colonias del mundo de alcatraces atlánticos, sumando un total de treinta mil parejas, un 24% de la población mundial, así como cuarenta y nueve mil parejas de paíños boreales, integrando el 90% de la población europea. La belleza geológica de estos litorales también cobija a más de cien mil parejas de frailecillos atlánticos, lo que supone alrededor del 30% de la población total del Reino Unido. Y por si esto fuera poco, la isla de Dun es el hogar de la mayor colonia de fulmares boreales de Gran Bretaña, donde anidan más de sesenta mil parejas libres de intromisiones humanas, conformando un auténtico santuario para las aves marinas.

Además de su riqueza y belleza natural, San Kilda atesora un gran patrimonio cultural, testigo de la vida de sus gentes, que vivieron ajenas al devenir del mundo durante siglos. Hasta fechas recientes se creía que los primeros asentamientos humanos en las islas tuvieron lugar hace unos dos mil años, aunque el descubrimiento de diversos yacimientos neolíticos parece confirmar que sus primeros pobladores llegaron hace ya unos cinco mil. El primer registro histórico de este solitario archipiélago data del año 1202, cuando un clérigo islandés las mencionó en un escrito, afirmando haberse refugiado en las islas conocidas como Hirtir. Algunos de estos primeros registros mencionan los hallazgos de broches, espadas de hierro o monedas acuñadas en la actual Dinamarca, por lo que seguramente existió una presencia vikinga sostenida en la isla de Hirta, como parecen confirmar los topónimos nórdicos de la región.

A lo largo de su historia, las islas formaron parte de los dominios del clan de los MacLeod de Harris, ligados a la isla de Skye, la más grande y septentrional de las Hébridas Interiores. Este clan administró estos territorios y el cobro de las rentas durante siglos, pagadas en especie por sus habitantes. Estos tributos gratificaban el arrendamiento de las tierras con los productos elaborados en las islas, tales como cereales, pescado, productos ganaderos y muchos otros procedentes de las aves marinas, como plumas o aceites, que luego vendían para obtener dinero, destinando una parte a la compra de mercancías importadas para abastecer a su población.

Ya en el siglo XIX, las islas comenzaron a ganar popularidad y los barcos de vapor traían a los primeros turistas, normalmente ingleses que se veían fascinados por este pueblo que hablaba gaélico y moraba en arcaicos hogares de piedra. Sin embargo, estos nuevos visitantes también portaron nuevas enfermedades hasta entonces desconocidas en la isla, desencadenando un severo incremento en la mortalidad infantil. Sus habitantes, que a finales del siglo XVII llegaron a sumar un total de ciento ochenta, iniciaban un período de profunda decadencia que los llevaría hacia su total desaparición.

La historia de las gentes de San Kilda puede resumirse en un profundo aislamiento. Un abandono tan severo que incluso les llevó a enviar mensajes al mar dentro de una caja estanca de madera para solicitar ayuda durante las épocas de escasez o cuando requerían del auxilio exterior. Si enfermeban, carecían de asistencia sanitaria, como prueba la triste muerte por apendicitis de una joven embarazada en 1930. La suma de estas y otras penurias provocaron que el 10 de mayo de 1930 decidieran enviar una carta a William Adamson, el Secretario de Estado para Escocia, solicitando su evacuación.

Es díficil concebir como estos hombres pudieron vivir tanto tiempo aislados en un mundo que a pasos agigantados avanzaba hacia la globalización. Un caso que podríamos imaginar en otras culturas remotas del planeta, pero que en Europa se nos antoja como un hecho exótico y extraño durante el transcurso del siglo XIX y principios del XX. En la actualidad, la belleza natural de las islas de San Kilda o la diversidad de su vida marina se suman a este gran patrimonio cultural dejado atrás por sus antiguos habitantes. Un patrimonio que aún pueden contemplarse en la isla de Hirta, a través de sus sistemas de explotación agrarios, conocidos como cleits, así como sus casas de piedra tradicionales, conformando un lugar de increíble belleza escénica azotado por la inclemente furia del Atlántico. Unas islas solitarias y solemnes declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1986.


Fuentes de consulta: Unesco , Wikipedia , Cabovolo



Alcatraces atlánticos en el archipiélago de San Kilda, Hébridas Exteriores de Escocia. Reino Unido
CaptainOates


Fulmar boreal en el Archipiélago de San Kilda, Hébridas Exteriores de Escocia. Reino Unido
CaptainOates


San Kilda, Hébridas Exteriores de Escocia. Reino Unido
CaptainOates


Isla de Soay, Archipiélago de San Kilda, Hébridas Exteriores de Escocia
Olaf1950 - Wikipedia


San Kilda, Hébridas Exteriores de Escocia. Reino Unido
CaptainOates


Isla de Dun. Archipiélago de San Kilda, Hébridas Exteriores de Escocia
CaptainOates


Isla de Hirta. Archipiélago de San Kilda, Hébridas Exteriores de Escocia
Hugh Miller


San Kilda, Hébridas Exteriores de Escocia. Reino Unido
Hugh Miller


San Kilda, Hébridas Exteriores de Escocia. Reino Unido
CaptainOates


San Kilda, Hébridas Exteriores de Escocia. Reino Unido
CaptainOates


San Kilda, Hébridas Exteriores de Escocia. Reino Unido
CaptainOates


San Kilda, Hébridas Exteriores de Escocia. Reino Unido
CaptainOates


San Kilda, Hébridas Exteriores de Escocia. Reino Unido
CaptainOates